En esta región, en el marco de la Cruzada Libertadora de los orientales contra el Imperio del Brasil, luego del combate de Rincón, el General Lecor, gobernador de la Provincia Cisplatina (Oriental), envió a la Bentos Manuel Ribeiro, para que, uniendo sus fuerzas con las de Bentos Gonçalves, que invadía por Cerro Largo, atacaran y vencieran por separado a las fuerzas de los
Generales Lavalleja y Rivera. Pero éstos se reúnen a orillas del Sarandi antes que puedan evitarlo las dos fuerzas brasileras.

Batalla de Sarandí, fragmento del óleo de Juan M. Blanes.
El 12 de octubre de 1825 están frente a frente los dos ejércitos, con unos 2.000 hombres cada uno. Tras cuatro horas de encarnizada lucha marcada en la memoria nacional con la famosa frase del General Lavalleja “Carabina a la espalda y sable en mano” con la cual se carga sobre los enemigos, llega una espléndida victoria. La noticia de ésta fue recibida con gran júbilo por el pueblo hermano de Buenos Aires, lo que obligó al gobierno de las Provincias Unidas a salir de su reserva y aceptar el 24 de octubre del mismo 1825 la unión de la Provincia Oriental, decretada por ésta el 25 de agosto de ese año en la Asamblea de la Florida.
Luego del desembarco de los Treinta y Tres en la playa de la Agraciada, el 19 de abril de 1825, reforzado con milicias Lavalleja y sus hombres obtuvieron varios éxitos. El 24 de abril tomaron la población de Soriano, el 2 de mayo la ciudad de Canelones, el 8 de mayo establecieron el sitio a la ciudad de Montevideo y el 18 de agosto sitiaron Colonia. La batalla de Rincón, victoria obtenida por Rivera el 24 de setiembre contra las fuerzas brasileñas comandadas por Mena Barreto, significó un importante revés para las fuerzas brasileñas que ocupaban Montevideo, bajo el gobierno del Barón Carlos Federico Lecor. Las pérdidas fueron muy importantes en bajas de soldados, armamento, y sobre todo por los cerca de 8.000 caballos que Rivera ocupó en ese combate.
En consecuencia, inmediatamente que la noticia fuera conocida, se organizó en Montevideo la salida de un cuerpo de tropa de alrededor de mil hombes, al mando del Cnel. Bentos Manuel Ribeiro, con el plan de unirse al ejército que estaba en la campaña, comandado por el Gral. Bentos Gonçálves (se pronuncia “Gonzálves”) y que tenía una fuerza similar.
Enterado Lavalleja, que se encontraba en Durazno, de la salida de las tropas de Montevideo, trató de impedir que se unieran a las que bajo el mando de Gonçálves se desplazaban hacia el sur, desde las costas del Río Negro. El hostigamiento que Lavalleja intenta sobre la fuerza de Gonçálves no tiene éxito, de modo que finalmente ambos ejércitos brasileños lograron reunirse.
En un gran esfuerzo, Lavalleja pudo reunir un contingente de número similar al brasileño, y enfrentó al ejército brasileño en las puntas del arroyo Sarandí, terrenos actualmente en jurisdicción del Departamento de Florida, el 12 de octubre de 1825.
El ejército oriental estaba compuesto por tres cuerpos, el de la izquierda comandado por Rivera que venía de vencer en Rincón, al centro los comandados por Manuel Oribe, y a la derecha el grupo al mando de Pablo Zufriategui, que había desembarcado con Lavalleja en la playa de la Agraciada.
Según los relatos, al amanecer ambos ejércitos se encontraron enfrentados. Los brasileños iniciaron el ataque, a caballo, avanzando en tropel y al galope tendido hacia los soldados de Lavalleja.
Al acercarse, Lavalleja dio a su ejército la orden de atacar en la misma forma, con su célebre voz de “carabina a la espalda y sable en mano”.
El combate se trabó en un feroz entrelazamiento de ambas fuerzas a caballo, en un cuerpo a cuerpo donde el sable fue el arma predominante. El ejército brasileño fue poco a poco dominado, y finalmente se batió en retirada; siendo perseguido a la desbandada por los combatientes orientales, por una distancia mayor de dos leguas.
Como consecuencias de esta batalla, primeramente todo el centro de la campaña oriental quedó dominada por los orientales. Por otra parte, la victoria obtenida tuvo importante repercusión en Buenos Aires, donde el gobierno enfrentó requerimientos de prestarles apoyo.
Como consecuencia de ello el Congreso de Buenos Aires aprobó el 24 de octubre una Ley de Incorporación de la Banda Oriental a las Provincias Unidas del
Río de la Plata, con el nombre de Provincia Cisplatina.
De todos modos, el ejército brasileño retenía el dominio del nordeste, lo que le permitía mantenerse en contacto con su territorio metropolitano.
Por tal motivo, se llevaron a cabo acciones para tratar de dominar esa zona, lo que permitió que el 31 de diciembre de 1825 los hombres al mando del Cnel. Leonardo Olivera lograran ocupar la Fortaleza de Santa Teresa, situada en el Depto. de Rocha, cerca de la actual frontera con el Brasil, desalojando de ella a la fuerza ocupante.
A partir de ello, las fuerzas brasileñas solamente ocupaban las ciudades sitiadas de Colonia y Montevideo.
Cómo fueron asistidos los heridos de la batalla de Sarandí
Eq.Mayor (Med) AUGUSTO SOIZA LARROSA
La batalla de Sarandí, impresionante combate de caballería, tuvo lugar el 12 de octubre de 1825, enfrentándose el ejército oriental al mando del general Juan A. Lavalleja (2000 hombres) y el imperial brasilero comandado por el coronel graduado Bentos Manuel Ribeiro. Ese día, aciago para el Imperio y de gloria para los orientales, cumplía años el emperador del Brasil, don Pedro I.
La sanidad oriental y el hospital patriótico
No hubo un Cuerpo de Sanidad “móvil” agregado al ejército oriental en operaciones, mal endémico de las guerras de independencia y civiles uruguayas durante todo el siglo XIX. Ningún ejército en ninguna época pudo prescindir de los “cirujanos” (denominación vaga y amplia, para denominar a los encargados del arte de “curar”).
Estos acompañaban las tropas y se ubicaban generalmente a retaguardia, provistos de equipo pesado, acondicionado con el Parque de guerra. Era después del combate que comenzaban a llegar los heridos supervivientes para su asistencia, conducidos por sus compañeros o desplazándose por sí; los que quedaban en el campo de batalla podían quedar allí hasta ser encontrados (a veces días después, como sucedió en Sarandí) o morir. La sanidad oriental se mantuvo acantonada en el Hospital Patriótico de la Villa del Durazno.
Efectuado el desembarco de los 33 Orientales en costa uruguaya (25 de abril de 1825), lentamente se fue organizando desde la nada, un precario sistema sanitario de apoyo al ejército. El gobierno de Buenos Aires no intervino en su auxilio hasta que la invasión mostró síntomas de éxito y consolidación, al establecerse una autoridad gubernativa provisoria en la Provincia Oriental.
En junio, se estableció el Gobierno Provisorio de la Provincia Oriental, primero en San José y luego en Florida, con lo que el movimiento revolucionario adquirió carácter formal. Se regularizaron las relaciones con Buenos Aires, y la representación oriental ante esa ciudad (Pedro Trápani) impulsó la ayuda material al ejército en operaciones. Numerosas embarcaciones cruzaron desde entonces el río Uruguay trayendo pertrechos y dinero para la paga de los soldados. El 17 de junio, el teniente coronel Manuel Oribe, a cargo del sitio de Montevideo remitió el siguiente oficio a Lavalleja:
“
. . . El conductor es D. Antonio San Martín quien se ofrece para asistir a los heridos del Ejército y lo remito para que V.E. lo destine en caso que haga falta. Dios guarde a V.E. ms.as. Junio 17 de 1825. Manuel Oribe”.
¿Quién era el que se ofrecía?. Dice el historiador Rafael Schiaffino “No hace referencia el jefe patriota de los títulos, ni de la capacidad del recomendado, ni siquiera le adjudica el genérico de cirujano en toda su vaguedad. No tenemos, por otra parte, antecedentes a su respecto, pero podemos presumir (ver mas adelante por esta presunción) que hubiera actuado antes en el Hospital de Canelones . . . no está demás señalar que en los casos de asedio a Montevideo siempre fue Canelones el punto obligado para toda clase de recursos, tanto los hospitalarios como los políticos como lo atestiguaron los primeros asedios patriotas, el de Lecor en el año 22, y éste del que ahora nos ocupamos” .
Destinado al Hospital del Cuartel General en Florida, como cirujano mayor, se dirigió al Gobierno Provisorio informando de sus carencias:
“Exmo. Señor: Hallándose el Hospital bastante escaso de los remedios mas necesarios para curar alguno de los enfermos que actualmente están en él; por no ser suficiente, ni aptos los suples con que podemos valernos para su curación: pongo en su consideración de V.E. la suma necesidad que hay de hacer conducir algunos remedios (los mas necesarios) de Canelones para poderse curar: a cuyo efecto estimaré que V.E. me ordene lo que halle por mas conveniente. Dios guarde a V.S. ms.as. Junio 24/825. Antº. Benito de San Martín. Cirujano del Ejército” .
Equivocó –por ignorarlo- el destinatario de su oficio; San Martín debió dirigirlo a su superior inmediato, el Jefe del Estado Mayor; éste, teniente coronel Pablo Zufriategui, designado por Lavalleja el día anterior, lo pasó a informe del mayor Pedro Lenguas. La inspección que Lenguas hizo del hospital es reveladora de la mísera situación sanitaria del ejército:
“Luego que recibí la comunicación Oficial de esta fecha en que V.S. se sirve comisionarme para visitar y celar el Hospital del Ejército existente en esta Villa, quité un lugar a las ocupaciones de mi encargo, y pasé a dar cumplimiento a su orden. Encontré el Hospital servido del mejor modo que lo permite nuestras circunstancias. Impondré a V.S. del estado de este establecimiento, y medidas tomadas por el Exmo. Gobierno para su mejora, de las que estoy orientado por haber por mi conducto corrido las diligencias a este efecto. Está el Hospital sin medicina alguna, y sólo se suministran medicamentos hechos de simples que se recogen en el campo; pero por el momento se esperan medicinas mandadas traer del Canelón, sin perjuicio del botiquín formal pedido a Buenos Aires. No hay camas, ni demás útiles precisos para el servicio de los enfermos; mas se espera también lleguen con las medicinas de Canelón, los dejados por el enemigo en aquel punto, y otras piezas que se mandaron allí comprar. La habitación es pequeña e incómoda, y subsistirá así hasta que el tiempo permita hacerla nueva, como está acordado. Creo dejo a V.S. bastante impuesto de lo que se ha servido encargarme. Dios guarde a V. ms.as. Florida 30 de Junio de 1825. Pedro Lenguas. Al Tte. Coronel, Jefe del Estado Mayor Don Pablo Zufriateguy” .
El hospital estaba “servido”, es decir atendido por el cirujano, pero . . . el aspecto material era totalmente insuficiente. La solicitud del cirujano fue atendida en unas dos semanas:
“Tengo el honor de remitir a V.E. todos los útiles de hospital que aquí se han podido encontrar de los que expresa la adjunta lista (no está). En la primera oportunidad daré a V.E. cuenta de su importe. . . Dios guarde a V.E. ms.as. Canelones Julio 10 de 1825. Manuel de Araúcho. Exmo. Gobierno Provisorio de la Provincia”.
Los medicamentos fueron proporcionados bajo papel de pago, por Pedro Conilh:
“Vale a fabor de D. Pedro Conil por treinta y siete pesos que importan las medicinas remitidas por mi al Supr. Gobno. por su Comisión. Hoy 11 de Julio de 1825. Manuel de Araúcho. Son 37 ps. Del Comte. De Viana en Com.on” .
Pedro Conihl era natural de Burdeos, y había ejercido como “cirujano” en el primer sitio artiguista de Montevideo. Artigas le nombró cirujano del Cuerpo de Blandengues en 1812. Luego se desempeñó como “profesor de farmacia” (boticario) en Canelones, desde donde aprovisionó con medicinas al hospital patrio en 1825 .
También aumentó la capacidad del hospital con la construcción de algunos ranchos o cobertizos:
“. . . dos (soldados) se prendieron y uno se escapó que eran tres, infiero sean desertores aunque ellos niegan no he tomado mas averiguación porque voy en marcha al corte de las maderas para el Hospital. Dios guarde a V.E. ms.as., Costas del Maciel Julio 8 de 1825. José Alvarez. Sor. Brigadier Gral. en Jefe Don Juan Antonio la Balleja”.
José Alvarez era capitán de Milicias y estaba bajo las órdenes del sargento mayor Felipe Duarte, que fue capitán y jefe de la vanguardia en el ejército artiguista. Duarte residía en Florida y había sido designado Comandante de Armas por sus conocimientos y cualidades . Fue el encargado de todo lo referente al hospital (ampliación, traslado, provisión). ¿Quiénes eran los “prendidos”?. Eran soldados portugueses o guaraníes, negros y aún desertores del ejército, que fueron en seguida puestos a trabajar para mejorar el hospital:
“El Capitán Don José Alvarez, de Milicias de este punto, estaba encargado de los prisioneros que construyeron el hospital y cortaron sus maderas. Deseo saber si este señor debe o no marchar conmigo con los prisioneros. Dios guarde a V.E. muchos años. Florida, Setiembre 14 de 1825. Felipe Duarte. Exmo. Señor Brigadier General en Jefe del Ejército de la Provincia D. Jn. Antº. Laballeja” . Se trata del abandono del hospital para reinstalarlo en Durazno.
Llegaron los botiquines desde Buenos Aires:
“Quedan entregados en esta comisaría las dos cajas de medicinas que se ha servido remitir V.S. con su oficio de esta data, y condujo desde Buenos Aires el Capitán Don Santiago Gadea para nuestro Hospital. Dios guarde a V.S. ms.as. Agosto 2 de 1825. Carlos Anaya. Sr. Jefe del Estado Mayor Dn. Pablo Zufriategui”.
En agosto el hospital estaba listo, con las medicinas adquiridas en Canelones y las cajas botiquines enviadas desde Buenos Aires.
Aparte de Antonio Benito de San Martín, otros “cirujanos” sirvieron en el hospital:
“Según me ordena por el oficio de Vd. fecha 21 del que luce, va el 2º cirujano de éste (se refiere al hospital de Durazno, entonces en plan de ampliación), conduciendo un botiquín y nueve soldados de alta pertenecientes a ese Cuartel General, lo que comunico a Vd. para su inteligencia. Dios guarde a Vd. muchos años. Villa de Durazno, Setiembre 23 de 1825. Felipe Duarte. Al Jefe del Estado Mayor General Don Pablo Zufriategui”. Ese 2º cirujano era Pedro Velarde, “practicante” (enfermero) en 1814 aunque se le refiere como “cirujano de marina”, “cirujano del ejército” y aún “cirujano mayor del Ejército”, tal la vaguedad de la calidad de “cirujano” que se daba entonces a quienes se dedicaban al arte de curar. Velarde estaba en el campamento de la Villa del Durazno con el general Fructuoso Rivera, y desde allí fue enviado con los enfermos dados de alta al hospital del Cuartel General en Florida.
Completa el plantel sanitario, un “practicante”, enviado desde la Villa de Guadalupe (Canelones) al hospital de Florida. Era un hijo del procurador don Antonio García, quien para escamotearlo al servicio de guerra, intentó hacerlo pasar como “licenciado y con certificado de cirujano” en el hospital de la Villa.
Los certificados sólo demostraron su “compostura de practicante de ese hospital”. Así, descubierto el freaude, se le envió a servir a la Patria “el tal mejor que otros hijos tantas infelices pobres viudas y sin amparo” , oficio de Mateo Quiroga al Jefe del Estado Mayor General, 20 de agosto de 1825). Aparte del hospital de Florida, sabemos que se habilitaron “enfermerías” en las villas donde existían divisiones del ejército: San José, con el cirujano francés Santiago José Rapet; Porongos, con el cirujano de 1ª de la División del general Fructuoso Rivera, Francisco Floribal . Francisco Floribal estuvo en la batalla de Sarandi pues revistaba como cirujano en el Estado Mayor de la División del general Rivera.
En previsión de futuras operaciones militares y seguramente para tener mas a mano su Cuartel General, Lavalleja decidió trasladarlo al Durazno con la artillería, infantería, maestranza y reforzar el hospital de la Villa de Durazno con lo que había en Florida. El ascendido a coronel Felipe Duarte partió de Florida el 14 de setiembre para instalar el Cuartel General en aquella Villa:
“Las carretas de la Comisaría, Hospital y Armería marcharon ayer tarde y al cargo de un Oficial de esta Comisaría por disposición del señor Coronel Duarte, hasta la estancia de Don Basilio Fernández . . . Florida, Setiembre 15 de 1825. Carlos Anaya. Señor Jefe del Estado Mayor General”. La casa o estancia de Basilio Fernández (un coronel portugués) se transformó en una prisión para los oficiales brasileros capturados.
La batalla de Sarandí y sucesos posteriores
Ya dijimos que el ejército oriental en operaciones no tuvo un Cuerpo de Sanidad móvil.
La mortandad de la batalla (12 de octubre) ha sido desigualmente evaluada por los actores. En su primer parte, Lavalleja (Durazno,13 de octubre) dice:
“. . . siendo el resultado quedar en el campo de batalla de la fuerza enemiga mas de 400 muertos sin contar los heridos que aún se están recogiendo y dispersos . . . Nuestras pérdidas han consistido en un oficial muerto, trece heridos; 30 soldados muertos y 60 heridos”.
Cinco días después (18 de octubre) en un oficio desde (arroyo) Timote al Gobierno Provisorio de la Provincia, Francisco Xavier Caballero, el número había aumentado:
“ . . . pacé al campo de Batalla aberificar lo que ceme ordena adonde encontré al becino Caceres el cual estaba encargado por el Exmo.Señor Capitán General de la provincia para recoger todos los cadáveres y amontonarlos donde fuese conveniente adonde le ayudé con mi vecindario asta concluir a la disposición, por cuenta que me da el dicho Caceres asiende la totalidad de los difuntos a cuatrocientos y noventa, fuera de algunos muertos que puede aber fuera de dicho campo . . .” .
Todavía Lavalleja hizo aumentar el número de muertos (parte ampliatorio del 26 de octubre):
“Los enemigos dejaron en el campo de batalla 572 muertos, 133 heridos . . . no se tiene aún conocimientos de los muertos, heridos y prisioneros que hasta la fecha se toman por los vecinos y partidas que persiguen a los dispersos en todos los puntos de la campaña”.
La mortalidad de los orientales fue estimada por Luis De La Torre de esta forma:
“La pérdida de los patriotas fue de 80 muertos y 120 heridos, todos de bala y de la descarga a quemarropa que recibieron” .
Una visión del campo de la batalla, según expresiones del propio Lavalleja:
“Es imposible poder a Vd. manifestar el sentimiento que me oprimía cuando a las veinte y cuatro horas después de la acción, andabamos buscando nuestros compañeros y encontrábamos algunos que se habían arrastrado mas de diez cuadras para hallar agua con que apagar la sed que causaban las heridas de las balas, porque la mayor parte ó todos están heridos de bala” .
Mientras Rivera perseguía al resto del ejército brasileño, Lavalleja se dirigió a Durazno, desde donde redactó su primer parte de batalla el día 13 de octubre. Carretas con numerosos heridos de ambos contendientes fueron arribando a Durazno, desbordando el hospital. Debieron ser atendidos por los vecinos de las cercanías, donde iba pasando el ejército. El hospital de Durazno no podía hacerse cargo de la avalancha de sufrientes. El delegado en Buenos Aires, Pedro Trápani, urgido por Lavalleja, pidió ya al otro día de la batalla al médico Justo García Valdez del Tribunal de Medicina de Buenos Aires, que “en el nombre sagrado de la Patria saque si es posible de las entrañas de la tierra, uno o mas cirujanos qe. instantáneamente marchen a curar a los heridos qe. han resultado de la gloriosa simpar jornada del 12 del corriente en Sarandí” . Justo García Valdez respondió de inmediato, enviando a los cirujanos José Torasso, de la Universidad de Turín, y Antonio Teully, de la marina francesa, con un enfermero mayor “semiboticario” (no se conoce su nombre; fue conocido como Monsieur Morandy) y :
“. . . una caja grande de amputación bien surtida; 60 o mas varas de crea; 108 vs. de brámante de algodón; 30 de franela; igual porción de efetantes todo para vendages y compresas; también llevarán todas las hilas qe. se encuentren, y ámas estopa fina qe. puede suplir; estos renglones se consumen mucho en un hospital de heridos y es mejor qe. sobre y no qe. falte” (ídem, ídem).
La incorporación de cirujanos y enfermero fue comunicada desde Buenos Aires por Pedro Trápani al general Lavalleja (24 de octubre):
“En atención a la necesidad que creo habrá en ese Ejército de Cirujanos, pasa el Sr. Don José Tortosa (por Torasso), de dicha facultad en clase de primero del otro que lo acompaña, Dn. Antº Tuly (por Teully), a ponerse a las órdenes de V.E”.
“Considerando con igual falta a ese Ejército de un enfermero Mayor, que la de cirujanos, pasa Mr. Morandy en esa clase a ponerse a las órdenes de V.E.”.
Recibidas en el Cuartel General estas comunicaciones, el 5 de noviembre estaban los cirujanos y el enfermero en su destino:
“Exmo. Señor. Paso a manos de V.E. las tres comunicaciones que se han recibido de Don Pedro Trápani, referentes a la remisión de dos Cirujanos, uno primero y otro segundo, y de un Enfermero Mayor; los que han llegado y están ejerciendo su facultad desde el día que llegaron, hasta tanto V.E. no dispusiese otra cosa; mas el Enfermero Mayor aún no ejerce, por cuanto no es plaza que por las circunstancias de nuestros Hospitales pueda crearse, según informe dado por el Cirujano Mayor de este Ejército. Lo que comunico a V.E. para su superior conocimiento. Dios guarde a V.E. muchos años. Noviembre 5 de 1825. Pablo Zufriategui. Exmo. Señor Gobernador y Capitán General”.
El “cirujano mayor” Antonio Benito de San Martín reclamaba medicamentos desde Durazno (25 de octubre): “Señor Jefe del Estado Mayor General. Sabiendo que en el Pueblo de Mercedes hay una botica formal, de donde nos podemos suplir de algunos medicamentos que nos hacen falta para la curación de los heridos que se hallan a mi cargo, he determinado elevar al conocimiento de V.S. la adjunta relación de los que nos son de suma necesidad, para que teniendo V.S. a bien hacerlos conducir de aquel destino, nos proveyamos de ellos en éste. Dios guarde a VS. muchos años. Durazno y Octubre 25 de 1825. Antonio Benito de San Martín. Cirujano Mayor del Ejército”.
¿Qué botica “formal”, es decir provista de todo podía haber en aquella Villa?. Según Schiaffino, era la que existía en el ejército brasilero y que seguramente había abandonado tras la capitulación y retiro a la Provincia de Río Grande luego del 12 de octubre del general Abreu; en efecto, había en Mercedes bien provista botica:
“ . . . las tropas de los Generales Abreu y Barreto habían pasado por ese lado del Río Negro en los días 5 y 6 del corriente (julio) y de la misma villa de Mercedes habíales enviado provisiones para el abastecimiento de esas tropas y que también fuera un cirujano con boticas bien provistas”.
Efectivamente, los imperiales tenían en Mercedes un Hospital Regimental a cargo del cirujano José Miguel Neves. Ante el pedido del cirujano mayor, Zufriategui se dirigió a Lavalleja desde el Campamento del Durazno:
“ Exmo. Señor: Adjunto la relación de los medicamentos que necesariamente se necesitan para seguir la curación de los enfermos en el Hospital General del Ejército, según se hace entender por el Cirujano Mayor, los que se hallan con abundancia en la Capilla de Mercedes. Lo que si V.E. tuviese a bién podrá mandar. Dios guarde a V.E. muchos años, Campamento en el Durazno, 25 de octubre de 1825. Pablo Zufriategui. Exmo. Señor Gobernador y Capitán General”.
La urgencia en medicinas y material de cura fue transmitida por el general Lavalleja a los Cabildos, y éstos rápidamente respondieron.
El Cabildo de la Villa de Guadalupe (Canelones) comunicó a Lavalleja (18 de octubre) que una Comisión había recorrido el vecindario logrando:
“. . . colchones, almohadas, sábanas e hilas que expresa la adjunta relación, a la cual van agregadas dos mas: la una sobre medicamentos y la otra sobre las piezas de gasa Hirlanda y demás que se pide, cuyas cuentas y precios son dados por sus legítimos dueños a efectos de que V.E. disponga el pago de ellas, a excepción de la relación designada con el Nº 1, por cuanto a que ello es puramente donativo”. Sobre esta remisión, comunicaba el coronel Quiroga, Comandante de Canelones:
“Ayer a la cuatro de la tarde se despachó de aquí un carretón que conducía colchones, sábanas, almohadas, un cajón de medicina, aguardiente, vino blanco y aceite, todo al cargo del Ayudante de V.E. Don Pedro Pereyra, con la precisa condición de ponerse en ese destino si posible era hoy mismo, en virtud de la necesidad en que se encuentran los heridos de ese punto . . . Y acabo de saber ahora que son las siete y media de la mañana, que dicho Ayudante lo que salió de la Villa, mandó el carretón con la custodia que se le franqueó y él se volvió para la Villa; cuyo carretón se encuentra en la costa del Canelón, detenido por la ausencia de dicho Edecán, y aún estar durmiendo en su cama . . . Dios guarde a V.E. muchos años, Guadalupe, Octubre 19 de 1825. Mateo Quiroga. Exmo. Señor Gobernador y Capitán General de la Provincia Oriental”.
El Cabildo de San José (20 de octubre):
“ Al momento que fue recibida por este Ayuntamiento la comunicación de V.E., fecha 16 del que luce, se dieron activas disposiciones para aprontar los medicamentos, hilas y vendajes. Tomando con empeño, las señoras tienen el gusto de haber entregado al efecto al señor Don Manuel Saura, cuantas han podido hacer y verá V.E. Asimismo han sido remitidos con oficio de esta fecha al señor encargado del Hospital Patriótico, los medicamentos que pudo encontrarse, por no haber el todo de la nómina recibida, pués no se ha encontrado ni encuentra el ácido sulfúrico, el ácido muriático oxigenado y la pieza de Irlanda de hilo . . . “. Esta remesa contenía, según parte de Zufriategui:
“ . . . instrumentos de cirugía que no se sabe de que número de piezas constan, quien los ha remitido, mas ni comunicación ni relación, todo entregado a la disposición del carretero que los condujo. Los que he hecho depositar en la Comisaría General del Ejército hasta tanto aparezca la relación de lo que comprende”.
El Cabildo de Maldonado (27 de octubre), sobre el donativo enviado al Cuartel General:
“ . . . que ha hecho aquel vecindario, de varios artículos para socorrer a los heridos del día 12, que contiene varias varas de gasa, hilas, etc . . .”.
El Cabildo de Minas (sin fecha):
“El Pueblo de Minas, en los efluvios de su gozo, siente con dolor inexplicable las desgracias de los que han tenido la suerte de ser heridos en la acción, y considerando que el Hospital necesitará de todo auxilio, han presentado y están presentando vecino por vecino el corto auxilio que presenta su indigencia para el indispensable servicio de la curación de aquellos, así es que hoy se haya recogido sólo esa cortedad . . . los cortos reales que dieron en donación piadosa”.
Siendo las necesidades de atender los heridos, urgentes, y no bastando con el hospital hubo que arrendar varias fincas en la Villa del Durazno para disponer enfermerías.
¿Qué tratamiento recibía el soldado herido en el hospital de la Villa del Durazno?. Dice el cirujano Torasso a Lavalleja:
“Vista la posición de los enfermos que están a mi cargo, he tenido por conveniente recetar tres raciones diarias de gallinas a fin de mejorar el caldo de los que no pueden comer carne de vaca . . . Receté hoy un linimento volátil alcanforado al Sr. Mayor General, la cual receta se mandó al Sr. San Martín por el enfermero de mi hospital. Me contestó dicho señor que no tenía tales medicinas . . . registré la botica y encontré todo lo que se mandaba pedir en la receta y en cantidad; ignoro cual será el motivo . . . Receté últimamente una onza de quina para uno de mis enfermos; se me mandaron dos dracmas . . . He también recetado por varias veces cebada para tizanas; me contestó que no había (mas) que malva y zarza . . .”.
Schiaffino hizo notar la situación de tirantez que existía entre los cirujanos, lo que motivó el retiro de Torasso a Buenos Aires en enero de 1826.
Así, las providencias que se tomaron antes de Sarandí fueron el traslado del hospital de Florida con sus médicos a la Villa del Durazno, y el arrendamiento de fincas en la propia Villa. Después de Sarandí se urgió el envío desde Buenos Aires de cirujanos provistos de cajas con material de cura y amputación y se ofició a los Cabildos de las Villas para recoger todo el material de curación y medicamentos que se pudiera.
El 25 de octubre, el Congreso General Constituyente reunido en Buenos Aires, sancionó la ley por la que la Provincia Oriental se reincorporaba de hecho a la República Argentina, cuyo Poder Ejecutivo quedó encargado de proveer su defensa y seguridad. Así, en 1826 pasó a esta Provincia el Ejército Republicano con 7000 hombres, y un Cuerpo de Sanidad completo al mando del coronel cirujano mayor Francisco de Paula Rivero. Con ellos vino, como capitán cirujano 2º, el aún estudiante de medicina en Buenos Aires, Fermín Ferreira.
Gastos para el Cuerpo de Sanidad
Cuando fueron enviados desde Buenos Aires los dos cirujanos y el enfermero mayor, se les retribuyó con expensas mensuales:
“24 (de octubre de 1825) -
“Por 100 p.s entregados al Cirujano del Exto.Oriental D. José Toraso á cuenta de sus sueldos”
“Por 200 p.s entreg.s al de igual clase N.Ant.º Fecil (Teully) y en los mismos términos”
“Por 80 p.s entreg.s igualm.te al enfermero mayor y Ayudante del hosp.l M.r Morandy” “Por 177 p.s 7 ½ r.s pagados a S. Juan Carlos Blanco p.a la compra de utiles p.a el Hosp.l”
“Por 178 p.s 4 r.s pag.s á D. Enrique Akinson importa de utiles e instrum.tos de Cirugía” “21 (de noviembre de 1825) –
“Por 78 p.s á Roberto Taylor p.r la condución de los Cirujanos á la vanda Oriental” “26 (de noviembre de 1825) –
“Por 12 p.s pag.s á Pantaleón Nievas por el flete de una carr.ta que3 condujo varios utiles de medicina desde S. José al Durazno según recibo” “26 (de enero de 1826) –
“Por 80 p.s entreg.s á D.a Florinda Valdès á cuenta delos haveres desu marido el Cirujano del Exto. Oriental D. Antonio Taly (Teully)”.
Este fue el salario habitual en los ejércitos de las Provincias Unidas del Río de la Plata. La ley de sueldos del Congreso General Constituyente (Buenos Aires, noviembre 21 de 1825) estipuló:
* cirujano del ejército (en guarnición) ..................... 50 pesos
* cirujano del ejército (en campaña ) .................. 100 pesos
* cirujano de la marina ........................................... 75 pesos
* sangrador de la marina.......................................... 22 pesos
El salario del cirujano en campaña era equivalente al de un capitán de marina o un mayor del ejército .
El cirujano Juan Miguel Neves Cirujano brasilero, casó luego con una oriental y se afincó en Colonia. Durante la Guerra Grande se le nombró ayudante de cirujano mayor. En la toma de la ciudad por las fuerzas del general Oribe, se sublevó la guarnición local muriendo uno de sus hijos y salvándose el cirujano milagrosamente de ser fusilado. Otro de sus hijos, Juan Carlos nacido en tierra oriental, fue médico graduado en Filadelfia.
Algunos recursos medicinales.
Las hilas secas, eran manojos de hilos de géneros diversos, apelotonados como estopa y que se aplicaban fuertemente sobre las heridas para cohibir la hemorragia.
El aguardiente era usado como un “vino generoso” al igual que el caldo de gallina para estimular la recuperación por las abundantes hemorragias; se le administraba por la acción euforizante del primero, y calórica del segundo. También se le hacía oler sustancias irritantes como el ácido sulfúrico o amoníaco. El cocimiento de cebada o avena proporcionado como tisana eran reconstituyentes.
El ácido muriático oxigenado era ácido clorhídrico que se diluía en agua y se administraba por boca con algún jarabe azucarado para los febriles. Los dolores reumatoideos, por enfriamiento y largas jornadas a caballo, eran tratados con revulsivos aplicados localmente (linimentos a base de alcanfor o mostaza).
La fiebre, acompañante obligada de las heridas, requería de los “febrífugos”, como la cinchona o “quina” por boca. Medicamento ampliamente utilizado desde su descubrimiento en el siglo XVII, persistió en la farmacopea hasta muy entrado el siglo XX. Fue con el opio uno de los dos únicos medicamentos de eficacia comprobada. Es de las drogas que América dio al mundo.
El aceite (de oliva, no había otro de origen natural) era muy usado para fabricar “ungüentos” con que cubrir las heridas. Tal el ungüento de Basilicon (aceite de oliva, cera, sebo o unto y colofonia, una resina pardusca para dar consistencia al ungüento).
La amputación.
Operación heroica, en cuyas diferentes técnicas (un solo corte o en guillotina; en dos o en tres; con o sin colgajo), se hacía sin anestesia y con material cortante extraordinariamente filoso. Se hablaba de caja de amputación, ya que esta constaba de varios cuchillos: 4 a 5 cm para dedos; 15 cm para mano y pie; 15 a 20 cm para parte superior de antebrazo, brazo, pierna e inferior de muslo; 25 a 35 cm para el muslo alto. Además una rugina para desprender la membrana del hueso (periostio); torniquete; hilos para ligadura de arterias; sierra para el hueso. El miembro se limpiaba con agua y jabón (de haberlo); se dejaba exangue mediante un torniquete; un ayudante tomaba la extremidad por su parte superior, y otro por la inferior, en tanto el cirujano empuñaba con su mano hábil el cuchillo con el que tenía experiencia o preferencia. Una vez seccionados limpiamente los planos de la piel, tejido subcutáneo y músculo-aponeurótico, remangados con la mano opuesta, raspaba la membrana del hueso con la rugina y lo cortaba con la sierra mientras el ayudante flexionaba la extremidad como si se estuviera cortando un palo para facilitar el vaivén del instrumento. Los bordes del hueso eran mordidos con pinza para redondearlos; las arterias sangrantes retorcidas o ligadas y se controlaba su obliteración al descomprimir el torniquete. El muñón se dejaba entreabierto para drenaje. En manos experimentadas, una amputación no podía exceder los cinco minutos. El control postoperatorio era toda una odisea, amenazado por las hemorragias secundarias, la inflamación, el dolor y sobre todo la infección local secundariamente generalizada. De curar había una tercera etapa: lograr el reconocimiento del acto de servicio y el pensionamiento por el Estado.
Fuentes:
http://www.ejercito.mil.uy/RRPP/paginas/031sarandi2007.html
http://www.escueladigital.com.uy/historia/batallas/sarandi.htm
http://www.dnsffaa.gub.uy/revista/volumen29/Batalla%20Sarandi.pdf